31 DE MARZO
Una cosa es cierta: se seguirá hablando de la destitución-y lo que en mi opinión es aún más grave- la inhabilitación del ex-alcalde de Bogotá por mucho rato más. No sólo sus discursos serán la causa de los múltiples titulares. Cada vez que se hable de la reestructuración de la capital su nombre surgirá, y, especialmente, cada vez que se recopilen casos en donde la vara de la justicia haya sido aplicada en una total desproporción con esta sentencia, volveremos a hacer resúmenes de su vida política. Cuánto han colaborado las redes en el último caso, en donde, seguidores o no de Petro aún se preguntan las diferencias conceptuales entre la realidad de Samuel Moreno y su tímida condena, y los sonantes 15 años de esta, e igualmente, entre el desastre ambiental del Casanare, y la incógnita que nos surge por sus responsables, frente a tres días sin recolección de basura y el escándalo mediático posterior.
Personalmente, hay un aspecto que zumba mi cabeza-con todo lo errático de la metáfora- cada vez que estudio el caso Petro, y no es otro que el relacionado con los diálogos de paz realizados en Cuba. Si hay algo más preocupante que su continuidad en escenario de guerra, es la lejana- porque aún se ve lejana- aplicación de la amnistía una vez se hayan firmados. La historia dejaría en ridículo cualquier conversación, y creo que lo sigue haciendo. Muertes hay muchas: Álvaro Garcés Parra, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro, Óscar William Calvo, su hermano... ¿Petro? ¿Acaso no hay una clara intención, en medio de este agitado escenario político, de alejar al ex-combatiente de las disputas por el poder en el país? ¿De "matarlo"?
La reinserción, sin duda, es la etapa más complicada de cualquier desmovilización. Se juntan en ella la justicia y el olvido, en una mezcla espesa e indisoluble. Luego está la recuperación de esa vida civil que no sólo depende de las nuevas actitudes del antes guerrillero, y de las garantías que para estas se den, sino también de la aceptación continua de demás ciudadanos. Por último está esa oscura participación política de oposición, que casi nunca se alcanza, porque casi nunca "dejan hacer": o es el gatillo, o es el papel.
Si la paz empezó con una intención estatal de alcanzarla, ¿no debería haber entonces una voluntad política que la refleje? ¿No deberían ser los cargos públicos semilleros de justicia y verdad? A la verdadera violencia que yo le temo, algunos críticos le llaman corrupción.
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