viernes, 7 de febrero de 2014

EL HOMBRE QUE LOS SACÓ DE LAS BIBLIOTECAS

-Sí. Yo lo conozco, pero es muy escurridizo... como hiperactivo. 
El Sr del apellido impronunciable estaba a mi lado hace unos 20 segundos y ahora ni dividiéndonos Bellas Artes, el periodista y yo lo podemos encontrar. Me rindo al sentirme una carga para ese hombre calvo que amablemente quería presentármelo. Nos conocimos tratando de averiguar si ese hombre de sombrero y barba
s blancas era el hermano de Gabo. No lo era...
Confirmé la imagen mental que de él había hecho cuando lo vi con un saco negro que hacía un contraste casi artístico con sus cabellos rubios: todo un extranjero. Habían pasado 5 horas desde la última vez que lo vi. Ahora cargaba, como si fuera un collar de diversos dijes, todo su equipo fotográfico. La cámara más excéntrica que se seguro he visto, parecía un juguete en sus manos, inmune a la velocidad con la que se movía.  Cambiaba de lente (será eso lo que haría), se agachaba, paraba, interrumpía con su imperiosa figura a algunas personas en busca del mejor ángulo. Pero... ¿Cuál es ese? ¿Cómo captar la esencia de algo tan abstracto como lo amena de una conversación entre escritores? Más aún ¿Cómo captar la extraña relación de complicidad que en esa conversación surgía entre los escritores y su público? Un inesperado corte de luz me permitió que en medio del descanso de Daniel Mordzinski, él mismo me respondiera la original pregunta de ¿Por qué fotografiar escritores?
No. No lo transcribo. Como si fuera el recital de un poema, el argentino afrancesado opone a  susurros desesperado de voces , y al suspiro furioso  del viento, su gruesa voz serena, como de arrullo.

Termina de responderme y siento que no hay en el mundo oficio con más sentido que el suyo... Daniel podría ser perfectamente un personaje de cuento: "Es evidente que si he dedicado mi vida a fotografiar escritores es porque mi gran pasión es la literatura" Me responde de nuevo y siento que no hay en el mundo oficio que más quisiera tener que el de él: no sólo compartir una pasión literaria, sino vivirla con los hacedores mismos de esa vida. Compartir incluso la miopía, porque tras ese ojo creativo está el velo de unos anteojos... (consuelo, esperanza)
"Yo creo que el día que se me apareció el genio y me dijo "tienes un deseo" yo le dije ser el fotógrafo del Hay Festival. No pedí fama, no pedí dinero, no pedí años de vida, y se me cumplió el deseo, y voy donde me llaman. Tengo la gran suerte de que respetan mi trabajo, de que quieren mi trabajo... yo creo, sinceramente, que es el mejor festival literario del mundo."
Pienso en el momento en que Mordzinski decidió dedicarse a seguir a escritores por todo el mundo anteponiéndose a trabajos mucho más comerciales o rentables. Pienso en su famosa foto de Borges, pienso en sus primeras impresiones de Cartagena, pero "el fotográfo de los escritores" recuerda sus compromisos que le llevaron a recibir ese nombre... 
Me deja con el signo de interrogación en los labios, no sin antes regalarme una foto... 
- ¿Qué tan raro es pedir una foto con un fotográfo?
- He hecho cosas más raras... aunque en realidad, prefiero estar al otro lado del lente.
Pone sus manos sobre mi cabeza, mientras yo sonrío, casi ridícula frente a su pose. El mismo genio que le concedió ser fotógrafo del Hay, me concede a mí una foto con él... sin ser escritora, sin ser modelo.  Otra foto sincera que el artista creó. 



lunes, 3 de febrero de 2014

SUBIENDO COCOS PARA SAIA

Para ser un no-lugar tenía luz de más. Las sombras propias del abandono, la suciedad, esa nada, eran cambiadas por esas burlonas manchas que parecen decorarse con las gotas de sudor que poco a poco iban subiendo.  En la mitad de la Matuna unos ilusos intentaban montar en una vacía estación de Transcaribe una exposición fotográfica.

Los cuadros no pesaban. Su peso era el de trato: el lienzo podía lastimarse fácilmente. Saqué rápidamente de un carro mal estacionado todos los que puden. Me aterraba pensar que podía arruinarlos. Las circunstancias eran propicias: una fina capa de polvo que flotaba desde el techo al piso; del piso hacia las paredes. ¿Debería apoyarlas en esa vacilante- ¿qué sería esto en la estación original-puerta?  

- ¡Por ahora déjalas ahí con cuidado! Me saluda una sonrisa gigante tapada por un sombrero con flores: la artista. Me presenta luego a un hombre que maquina un exacto en el fondo de la estación. Yo debo trabajar con él. Ella empieza a abrir los "sobres gigantes" en donde están las fotografías. Sí, entonces eso es sensibilidad.

Este hombre de camiseta roja esta midiendo con un deteriorado metro unas estructuras de madera en forma de prismas apiladas, tiradas, regadas en la estación. Lanzó una pequeña carcajada. Aquí se colgarán los cuadros. No en las paredes, no en sofisticados trípodes como había imaginado. La ausencia de visión corresponde al hecho de que ese suelo era pisado por primera vez después de mucho tiempo... quizás incluso desde que lo construyeron. Nadie conocía sus espacios. 

Estamos, parada yo y él sobre una especie de malla negra, Saia-"por favor llámame así y no de usted"- con otro colaborador Edgar en un plástico blanco, donde han colocado los cuadros. Me ruedo cuando veo que Lisandro, así se llama el hombre, me hace una seña para que estire la malla. Intento pasarle una tijera pero él ya ha cortado rápidamente. De nuevo falta de visión. Ahora, del futuro. ¿Qué, precisamente, estoy ayudando a hacer? Lisandro me hace otra mueca. Su voz es opacada por los carros que pasan de un lado y otro, el efecto Doppler de unas cuantas ambulancias que han pasado, y las paletas, las gafas para leer de cerca y el bollo de mazorca o limpio que se anuncian. Quiere que- ¿mueva, coja, toque?- uno de los prismas. Le sigo el movimiento y doblamos uno de ellos en el piso. Primer tirón en la espalda. ¡Pero claro que pesan!

Coge uno de los cuadros de la malla y lo estira sobre uno de las caras del panel. Yo lo sostengo. Saca una grapadora y sujeta su extremo en la madera. Gran suspiro. Forramos. ¿Cuántas faltan? Unas 7... Interesante. Saia, Caro que acaba de llegar y Edgar han dispuesto los cuadros sobre el plástico y ahora les colocan sujetadores en los extremos. Levantamos de nuevo el pseudo-estante, mientras imagino cómo se colgaran los cuadros. 

Casi terminamos con este cuando Saia pregunta si le pasa el plástico... (¿En donde ella se apoya?) Él asiente. Coge unas puntillas y los alza en extremos del prisma. Coge un cuadro de plástico-hay varios- y lo sostiene con las puntillas. Lo levantamos en su orden. Ante mi estupefacción, él susurra... para tapar los cuadros en la noche. 

Trato de desenrredar una maraña de cordel negro para variar de oficio. Con él se colgaran los cuadros. Al hacerlo, Saia se acerca para cortar una medida. La prueba haciendo un nudo parecido al que tienen las cuerdas en el puente de la guitarra, y en una de las puntillas de un panel listo, lo monta. "Más alto" digo. Ella asiente. Empezamos a hablar mientras cortamos la medida ajustada. Saia estuvo fuera del país 10 años, y al regresar noto dos cosas: todo le llamaba la atención, todo había cambiado. La exposición es un clamor por los vendedores de la Plaza de la Matuna y la Plazoleta Telecóm que fueron expulsados de la aceras en pro de recuperar el espacio público.  "Personas de 40 años en su trabajo... ¡quién sabe dónde estarán!" 

Quizás yo me queje también por el espacio un día de apuro. Quizás yo también quise que los sacaran. ¿Era ese espacio más mío que ellos? "Su trabajo lo es todo. Hasta deben dormir allí" y señala un cuadro. ¿En que momento asumimos como normal las condiciones que llevan a la formación de negocios informales? Debemos salir más a menudo del país.


Mientras hago los nudos pienso: ¿Y si se caen justo en una punta repentina que atraviesa el suelo y se rompe el lienzo? "Empecemos a colgarlos" 

Lo más cercano a esta experiencia son las convulsiones del cuaderno en mi mano, los rayones que dejan tintas en mi mano. Si pudiera gestar una presentación de uno de mis cuentos... no. Me falta visión. 

Movemos los paneles 4 veces. Pegamos adhesivos en el piso explicando las fotos. En una tarde armamos una exposición. 

"Sabes por qué a la gente le va a gustar la exposición"-le preguntó a Saia-"porque todas las fotos son recuerdos"

Me quedo observando la carretilla de cocos que vende una esquina más arriba de la U. Él es un sobreviviente
La exposición se llama "Se Re-busca"