miércoles, 25 de junio de 2014

CONFLICTOS DE UN HINCHA EN MEDIO DEL MUNDIAL.

Cómo me gustaría devolver los años que hicieron de los domingos de fútbol con mi papá un lindo recuerdo. Sobreviven los domingos, sobreviven los partidos, pero ya ahora entiendo el misterio oculto detrás de la camiseta roja que sólo parecíamos tener yo, mi papá y 11 jugadores más en la televisión. Se ha roto ese pacto de preguntas tontas y explicaciones rápidas, de censura ante palabras que ahora yo también digo, de extrañeza ante esos pocos momentos del año en que a ese hombre tan sonriente se le enrojecían los ojos. Se ha roto esa fantasía que me hacía creer que el juego se quedaba en la pantalla, haciéndose con el prender o apagar del control. Sí, así como el Ratón Perez o Santa-¿Santa? ¡El Niño Dios carajo!-, el fútbol me dio otra razón para entender el desencanto de crecer. Es un absoluto descaro decir un "amo el fútbol", pues deben entenderse paralelo al juego lleno de pasiones, la corrupción y la violencia. Por eso ahora, sudando la camiseta de una Colombia que me enseña a quedarme ronca con cada actuación, afirmo sin duda alguna que lo único que me gusta de este deporte son los 90 minutos.


Como si fuera una excusa de mi conciencia, un perdón para la sociedad, hago una lista mental cada día de los beneficios y bondades de un deporte, que a diferencia de otro en boga como el ciclismo, causa por las mismas emociones que dice enaltecer y hacer parte de su esencia, centenares de accidentes, heridos, muertos, rivalidades, irrespetos, odios, y se convierte en una de las múltiples herramientas para acrecentar las brechas sociales por el inexplicable despilfarro de dinero.  La lista siempre llega a las mismas conclusiones. Sentimentales, principalmente, como cuando el grito de gol recorre las profundidades de mi ser llevándose con él las frustraciones y los miedos y limpiando, cual rito espiritista, cualquier pelea que haya tenido la mañana del partido o cualquier problema en las clases. Momento eterno en donde el ahogo no ahoga sino que llena de más vida. También como cuando veo en los jugadores lo mejor del país: tanto carisma, tanto entusiasmo, tantas ganas de salir adelante, de hacerlo efectivamente; racionales, si es que cabe tal distinción, como cuando juego a ser técnico y entiendo que un partido se gana también desde el pensamiento, o como cuando recurro a los impactos sociales que una buena participación en el deporte puedo generar. Quizás es algo más elemental, menos complejo, el único beneficio del fútbol, sigo repitiendo, son 90 minutos.

El Mundial me confronta a las realidades más difíciles de manejar: el patriotismo barato, la vanidad del hincha, el ruido en exceso, los nervios de punta, el eclipse ante cualquier otro escenario de la vida cotidiana, el derrame de menciones rebuscadas para referirse a Brasil, el trago, la parranda, la notable corrupción que organizo el evento,  y como si este festival de ignorancia y locura no terminare de enrollarse en su propio desorden, la muerte se pasea y hace mofa de mi grito sagrado de gol, cambiándolo rápidamente por un grito desesperado de guerra.  Y yo... estoy feliz. Patéticamente feliz. Con una diversión como pocas, porque en los 90 minutos que dura el partido-al menos que un árbitro desee recuperar un resultado- sólo pienso en que "si la hubiera tocado de primera", en "lo endeble del mediocampo", en "el tronco de la defensa", en "el arquerazo que tenemos", en "ese golazo que me regalaron", sí a mi, porque sin ningún artilugio trascendental, en 90 minutos el fútbol me regala de forma casi fortuita, un esbozo de felicidad duradero, tan difícil de conseguir, tan duro de preservar, sobreviviente incluso de las pérdidas en los clásicos y las peores goleadas.


Renunció a cualquier actividad relacionada con el fútbol que se de fuera de las canchas. Al pre y post alboroto. Llevo puesta la camiseta todo el día pero sólo la uso cuando pita el juez central. No dejo que la emoción se suba a cualquier otro órgano que no sean mis ojos, ni a mi boca, ni a mis manos. Que el embeleso de alegría desbordante al cual no parecemos estar ni listos ni acostumbrados, sea un elemento exterior al fútbol, y que de hecho el fútbol no sea lo que parece ser: una excusa. Renuncio a la responsabilidad de amar al fútbol para asumir la ligereza de "amo 90 minutos de fútbol." La razón: no entiendo cómo une y desune, cómo puede causar reacciones tan opuestas y tan exageradas, cómo puede ser cuna de tan desigual prospecto de hinchas. ¿Es algo consustancial al deporte? ¿Es algo consustancial al hombre? ¿En qué momento pasamos a las reflexiones de este carácter filosófico? De nuevo, efecto colateral de crecer.


Si el fútbol tuviera una melena esponjosa y pudiera caminar en sus dos largas piernas- descripción poco inglesa por cierto- yo misma le preguntaría qué quiere de mí, qué espera de todos los que decimos seguirle, pero como es otro imperfecto producto humano, controlado y admirado, de hecho, por millones de humanos más, es necesario asumir con él los mismos riesgos que se cobren cuando te enamoras de alguien: el continuo tránsito de promesas y acuerdos entre lo que quieren de ti y lo que quieres tú. Luego está esa culpa, esa pregunta que recorre los bordados de mi almohada, ¿al gustarme el fútbol soy cómplice de lo que gira, tanto bueno como malo, alrededor de su órbita? Luego prendo la tele y veo la repetición de uno de los goles de la selección y su consecuente celebración. Sonrío. Eso sí es Colombia: un puñado de esfuerzo y alegría combinados en la merecida mezcla del sueño por crecer y ser felices. 

Me aferro a la denuncia desde el interior del gusto que entiende lo que pasa por un partido pero sencillamente no lo acepta. Me aferro a la creencia de que una perdida en el deporte es una derrota en el corazón pero nunca debe serlo para la sociedad en desmanes y delicuencia. Yo sólo quiero ser cómplice de ese baile. Quiero ser cómplice de esas lágrimas del "nosotros  podemos", "nosotros pudimos". Es mi último punto de discusión: el fútbol es el eterno contrapunteo entre lo que ocurre 90 maravillosos minutos que apoyo y defiendo, y los otros 1350 minutos del día que apoyaré y defenderé siempre que se correspondan con los sentimientos que inspiran a millones a volcarse a esos 90, sentimientos que una vez me enseñó mi padre y que se guardaron en mi ser hacia la época en que aún no podía entender, pero que incluso ahora no entiendo.



lunes, 23 de junio de 2014

El peligro de no pensar como se piensa que se piensa...

Cuando la locura se topó con la crueldad del manicomio | PlayGround | Actualidad Musical
He encontrado esta increíble oportunidad, a propósito del Mundial, para aprender, de forma casi abrupta, una básica pronunciación a caracteres extranjeros contenidos en los nombres de los jugadores. Esta hermosura de nombre (Bastian SCHWEINSTEIGER) ya no es código cifrado. Digamos todos "Bástian Sváin-stáiga"

LO INTRADUCIBLE...

EL CINE HA MUERTO... DE NUEVO

Estos directores no solo cuestionan la forma de hacer cine actualmente, también como el espectador prefiere, antes que una sala, ver películas en Internet.

LA VICTORIA DE LOS ARGUMENTOS


Para nadie es un secreto que la victoria y posterior reelección de Santos fueron más una derrota al Uribismo que una confirmación a lo hecho por la Alianza Nacional. No hay necesidad de excusarse: la opción era clara y planteada desde el comienzo. A toda costa había que evitar una prolongación, totalmente inconveniente para el país, de un poder podrido por la corrupción, el juego sucio y la violencia. Hay, sin embargo, un aspecto político y social que resaltar de la campaña que llevó al-por poco negativo- resultado: las herramientas de la "alianza nacional" para apoyar a la otra Alianza son las claves para el desarrollo futuro del país en los importantes cuatro años que se nos vienen.

¿Cómo un férreo consenso que apoyaba, y que de hecho le permitió a Zuluaga ganar en la primera vuelta se vio disminuido consustancialmente la última semana antes del 15? Dos factores que se acentuaron en toda la segunda vuelta llevaron a su punto máximo de expresión precisamente en los días más decisivos de la campaña: el pensamiento y la denuncia. El primero representado en la adhesión - de nuevo alianza- de los intelectuales y políticos más importantes en la historia de Colombia a la campaña por la paz. De la mano de Cesar Gaviria, Mockus y Clara Lopez, cuánta popularidad, pero ante todo, cuánta solvencia ganó el proyecto de Estado. Cuánto ayudo también la exposición constante de todos los procesos que persiguen y acusan al jefe-dueño del Centro Democrático, desde el vídeo del hacker hasta el del consejal terminaron de mostrar la realidad política que pretendían imponer en el país. Se levantaron así ante la bulla, la acusación y la pelea, los argumentos y el buen sentido dieron un fuerte contraataque. 

Si el miedo a Uribe fue tan poderoso como para considerar su victoria la ruina, el fondo y la perdición; como para sacar lo mejor del arsenal del país en cuanto a ideas y soluciones, ¿no debe ser este mismo guión el que imperé en el futuro? ¿No debe ser el pensamiento crítico el que determine no sólo como acabar la violencia, sino también el hambre, la enfermedad y la injusticia? A punta de pensar y denunciar, el país puede salir victorioso de nuevo ante el fondo de miseria en el que lleva unos años inserto. ¡También hay que reaccionar ante este abismo! Quizás en estas inéditas líneas de acción el gobierno pueda ganar de forma total en el país- porque a la paz hay que construirle escenario- y ante todo a los casi 7 millones de colombianos que aún se decantan por la pelea, la alzada de voz y el atropello como mecanismo de actuar y de ser.

¡HILARANTE!

en estas historias artísticas, 500 años de las mujeres ignorando a los hombres...