lunes, 23 de junio de 2014

NEGACIÓN DE LA NEGATIVA




A propósito de la pasada feria del libro en Bogotá muchos debates relacionados con los procesos editoriales y de lectura retomaron su curso y generaron muchas y nuevas opiniones (yo hubiera agregado el ignorado y casi aceptado problema de los precios en el país) Quizás el tema más comentado se corresponde con la negativa de los jóvenes a leer, sobre la cual un importante consenso recriminaba la falta de interés y curiosidad de estudiantes por los libros que acompañan a su haber educativo. El incontenible demonio de la apatía parece ser entonces no sólo la principal causa del pobre número de 2 libros por año que acompaña a los colombianos-más en estas edades- sino que es también un rasgo consustancial a la naturaleza juvenil, que de per se odia tener algo en sus manos que no sea un teclado o un control. No puede haber en mi opinión un cliché con más adeptos que el anterior.

¿Es infundada la repulsión a la lectura por parte de los jóvenes? Seguramente los múltiples best-sellers actuales pueden rebatir lo anterior, pero entonces ¿Es infundada la repulsión por la abstracta categoría de los clásicos? ¿Existe, dentro del desorden emocional de la adolescencia, una hormona que provoque tal rechazo? Tanto el amor como el odio por la literatura, y en general por cualquier forma de arte, son el resultado de múltiples circunstancias más allá del gusto personal. Se cultivan, se cuidan, se desarrollan. ¿Existen ambientes que fomenten la lectura? ¿Profesores, programas educativos, selección correcta de libros? ¿Hay forma alguna de querer al Quijote si debo leerlo por obligación en 11 para responder 3 preguntas de un examen? ¿Se muestra como el libro puede enseñar más sobre la persona y su cultura? Qué hablar del acceso... ¿Es un libro la prioridad en todos los sectores cuando no bajan de 30.000 los precios?

Si los jóvenes son pragmáticos- eso sí- por naturaleza, es más que claro que las circunstancias actuales lo inclinen más hacia otras actividades, pero si los jóvenes también son apasionados por naturaleza, no concibo mejores lectores, de hecho, son los mejores: llevan el libro bajo el brazo a todas partes, duermen con él, se enamoran de sus personajes, intentan imitarlos. Creo entonces que no hay una rechazo directo a leer, hay un rechazo condicionado, que más que negar la negativa, la crea y la legitima.

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