¿Qué línea divide lo importante de lo vano? ¿Lo esencial de lo pasajero? ¿Existe una trascendencia general que prime sobre las preocupaciones e intereses particulares? Si tuvieras un noticiero… ¿Cuál fuera tu titular? ¿La muerte de tres personas en un atentado o el Grammy de Carlos Vives? ¿Nos debe afectar más la muerte que lo efímero de un premio vacío?
Me gusta el fútbol: deporte de bárbaros, de idiotas tras un balón, de millonarios que ganan más que bomberos. Me gusta el fútbol: noticia que droga, pasión por la que se mata por camisetas, escondite de pandillas. Me gusta el ocio de dos horas frente a un televisor, el precio de una tira de papel en los estadios. Me gusta violar canciones y convertirlas en barras. Me gusta que me crean muy masculina. Me gusta la soledad del gusto. ¿Por qué? Porque el fútbol, el verdadero fútbol, ese que se vive cuando tu papa se sienta a tu lado para ver un partido, o cuando te reúnes entre viejos compañeros de colegio para ver jugar a la selección, suele sacar lo mejor de las personas.
Me gusta el fútbol: deporte de talento y esfuerzo, de técnica y táctica, de hacedores de sonrisas y tristezas. Me gusta el fútbol: noticia de identidad, pasión que globaliza… Me gusta el fútbol imperioso que se alza frente a los escépticos, y a los intelectuales. Me gusta el fútbol que se burla de “la mente abierta” que al final siempre se cierra cuando los pensamientos no son iguales. Me gusta el fútbol. Me gusta abrazar en los goles. Me gusta la esperanza que me da. Me gusta cómo me arregla mi día. Me gusta cómo me lo daña. Simplemente me gusta.
¿Por qué es relevante al país Falcao? ¿Cuántos millones da a la pobreza? ¿Es más importante que los secuestrados, los abortados, los mutilados? Probablemente no. Cualquier violación a la humanidad es una violación conjunta, repercute en cada sentido de inteligencia, en cada aparato sensorial. Pero, ¿Hablar de Falcao ciega la pobreza, el secuestro, los abortos, la violencia? No. El fútbol, la música, el cine no son droga, vendas, olvido. Son sólo realidad. Nos acostumbramos a entender “Sucesos” y “Economía” como lo importante, como lo real, como lo que debe ser escuchado. La única cara del país es negra. No hay luces, no hay colores.
¿Por qué seguir un deporte me hace menos inteligente? ¿No hay justo medios? ¿No puedo decir que escucho Britney Spears y los Beatles? ¿Qué leo “La Tormenta” de Germán Castro Caycedo y “Los Juegos del Hambre”? ¿Qué así como veo los debates en vivo veo la gala de los Grammys? ¿Qué así como lloro por la violación de una menor, lloré por la lesión de Falcao? Nuestras esperanzas deben estar puestas en la vida: todas sus gamas, todas sus manifestaciones.
No creo en el perfil trascendental del nerd. Creo en el amante del arte, la cultura, el saber y el querer. Creo en el porvenir de una mejor política, en el fin de los abusos humanos, en la perpetuidad de piezas musicales y artísticas invaluables, y que a Colombia, aunque rota por la lesión de Falcao, le va ir bien en el mundial.
Me gusta el fútbol: deporte de bárbaros, de idiotas tras un balón, de millonarios que ganan más que bomberos. Me gusta el fútbol: noticia que droga, pasión por la que se mata por camisetas, escondite de pandillas. Me gusta el ocio de dos horas frente a un televisor, el precio de una tira de papel en los estadios. Me gusta violar canciones y convertirlas en barras. Me gusta que me crean muy masculina. Me gusta la soledad del gusto. ¿Por qué? Porque el fútbol, el verdadero fútbol, ese que se vive cuando tu papa se sienta a tu lado para ver un partido, o cuando te reúnes entre viejos compañeros de colegio para ver jugar a la selección, suele sacar lo mejor de las personas.
Me gusta el fútbol: deporte de talento y esfuerzo, de técnica y táctica, de hacedores de sonrisas y tristezas. Me gusta el fútbol: noticia de identidad, pasión que globaliza… Me gusta el fútbol imperioso que se alza frente a los escépticos, y a los intelectuales. Me gusta el fútbol que se burla de “la mente abierta” que al final siempre se cierra cuando los pensamientos no son iguales. Me gusta el fútbol. Me gusta abrazar en los goles. Me gusta la esperanza que me da. Me gusta cómo me arregla mi día. Me gusta cómo me lo daña. Simplemente me gusta.
¿Por qué es relevante al país Falcao? ¿Cuántos millones da a la pobreza? ¿Es más importante que los secuestrados, los abortados, los mutilados? Probablemente no. Cualquier violación a la humanidad es una violación conjunta, repercute en cada sentido de inteligencia, en cada aparato sensorial. Pero, ¿Hablar de Falcao ciega la pobreza, el secuestro, los abortos, la violencia? No. El fútbol, la música, el cine no son droga, vendas, olvido. Son sólo realidad. Nos acostumbramos a entender “Sucesos” y “Economía” como lo importante, como lo real, como lo que debe ser escuchado. La única cara del país es negra. No hay luces, no hay colores.
¿Por qué seguir un deporte me hace menos inteligente? ¿No hay justo medios? ¿No puedo decir que escucho Britney Spears y los Beatles? ¿Qué leo “La Tormenta” de Germán Castro Caycedo y “Los Juegos del Hambre”? ¿Qué así como veo los debates en vivo veo la gala de los Grammys? ¿Qué así como lloro por la violación de una menor, lloré por la lesión de Falcao? Nuestras esperanzas deben estar puestas en la vida: todas sus gamas, todas sus manifestaciones.
No creo en el perfil trascendental del nerd. Creo en el amante del arte, la cultura, el saber y el querer. Creo en el porvenir de una mejor política, en el fin de los abusos humanos, en la perpetuidad de piezas musicales y artísticas invaluables, y que a Colombia, aunque rota por la lesión de Falcao, le va ir bien en el mundial.
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