Un viejo conocido solía decir en medio de la embriaguez tempranera de los inicios de año, en esas primeras escenas donde aún siguen vigentes las parafernalias energéticas, los requerimientos religiosos, y las esperanzas dietéticas, que había que aprovechar la acumulación de eventos los primeros meses… luego, y esta vez citó, “nos quedamos en el vacío cultural del resto del año.” Caminando entre cartageneros, no cartageneros, y los quemados no cartageneros que lo intentan ser por quince días, es increíblemente notorio el momento de latente efusividad artística que se desparrama desde el Centro hasta los exteriores de la Muralla. Las pruebas están en los bolsillos vacíos que lloraron después de una tarde en los múltiples centros de artesanías dispuestos en la ciudad, en los ecos que se quedaron impregnados en las guayaberas que disfrutaron del Festival Internacional de Música, en las múltiples veces que se preguntó por la dirección del teatro Reculá del Ovejo, en el calambre que da estar parado atónito ante los cuadros expuestos en diferentes exposiciones, y en las profecías de los ya cercanos Hay Festival, y FICCI 2014. Si la razón corresponde o no a la temporada más alta del turismo, eso es lo de menos, porque el mensaje y el recuerdo de las ferias, exposiciones y shows que se arman conjuntamente por estas fechas, no son más que toda una disposición cultural destinada a tocar las fibras de la conciencia y la voluntad de los cartageneros.
Si lo pensamos bien, todo inicio de año es una manifestación de rebeldía ante el letargo de los meses. Como un fugaz suspiro febrero se convierte en diciembre, los vestidos se quedan atrasados en tallas, las metas deben renovarse, y lo ya conseguido queda retado por los centenares de días que se alzan de nuevo. Creo que esa rebeldía temporal es transmutada a la rebeldía artística. Rebeldía, insolencia, descaro, lo que sea. Porque en medio de muertos tirados en trochas, asesinados en hechos aislados, homicidios que se acumulan en períodos de tiempo absurdos, balazos, robos, y extorsiones, suena un cuarteto de cuerdas, teje la hacedora de una mochila wayuu, pinta un grafiti el artista urbano. Es una cuestión que supera la vaguedad de ese argumento que designa a las razones culturales como un nuevo opio del pueblo. Los colores, los sonidos, las texturas no son la pañoleta que cubre los ojos ante la misma y cruel violencia, ante los mismos y crueles desengaños políticos, ante la misma y cruel condición económica de miseria. Al contrario, son el recordatorio de que en este valle que cubre de sangre y lágrimas que cubren no solo la arena de Cartagena, sino también de todo el país, lo esencial no podrá ser acuchillado, la humanidad no se chantajea, y en un año nuevo de olvidos y rencores, la esperanza de la alegría y la paz aun existe.
El arte nos hace más humanos. Necesitamos vernos en los trabajos ecológicos de artistas, en los años de preparación de músicos, en las finas manchas de los cuadros, y en los diálogos de personajes en tarima para entender que no somos monstruos, que tenemos poros sensibles, que aún no nos han desfigurado. Entonces sí, hay que aprovechar este inicio de año, porque necesitaremos la recarga sensible que nos dan tantos eventos para asumir con entereza el vacío de justicia del resto del año.
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