Hoy conocí a Pedrito Pereira. Iba en el bus cuando me lo encontré pegado a un poste corroído por el abandono. Llevaba una camiseta azul sobre un fondo azul, y con su sonrisa decía que quería ser mi amigo. Hoy volví a ver a Pedrito Pereira. Esta vez estaba sobre las paredes al lado de una casa también corroída por el abandono. Esta vez también no estaba solo: a su lado estaban otros Pedritos Pereira que con su azul de cielo temprano y con sus sonrisas decían que querían ser mis amigos. Ya no le creo a Pedrito Pereira. La tercera vez que lo vi se alzaba imponentemente sobre otro busto impreso que estaba acompañado de otros bustos impresos iguales, y que también querían ser mis amigos. Entre el empapelamiento de caras, sonrisas, y nombres, yo sólo pude sentir mareo.
No sé que quiere Pedrito Pereira de mi: ¿Acaso quiere coquetear comigo? ¿quiere que lo agregue a mis redes sociales? No. Pedrito Pereira solo quiere ser mi amigo, y está tan desesperado por mi amistad que me persigue. Lo veo en cada cuadra, en cada esquina, en cada espacio disponible. Pedrito no es el único solitario en esta ciudad. Hay toda una pandilla dedicada a rogar a todos los que puedan ver doble, triple, tetra veces que los acompañen. ¿A la casa de ellos? ¿A la nuestra? No lo sabemos. Estos hombrecitos y mujeres sin cuerpo no hablan. No hacen nada. Mirar hacia un futuro en desconcierto. Sonreír como si no tuvieran músculos. Los que sufren de miopía y no pueden ver bien, les costará entender sus verdaderos apellidos, todos dispuestos para el plural, pero igual de abstractos que la cantidad de personas que incluyen: pueblo, mi pueblo, nuestro pueblo, todos.
Lo que esta pandilla no sabe es que ya nosotros tenemos nuestros amigos callejeros. Todos los días saludamos a las paredes manchadas de las calles, a los modelos burlones de las vallas, a los cómicos anuncios de tiendas y establecimientos comerciales, a las rayas sin sentido que conforman a los grafittis. Los han asesinado a todos. Han asesinado a la ausencia, han asesinado al vacío. Los ahogaron con papel, con colores primarios, con mensajes trillados y aburridos. Los carteles han tenido hijos entre sí y se riegan. En el cielo, en el sucio piso, en las canecas públicas, en mis bolsillos, en mi ventana, en los carros. ¿Qué había antes allí? ¿Dónde los llevaran al final? ¿Acaso nunca se irán?
Hoy conocí a Pedrito Pereira, y junto a él, a una decena de candidatos. Su lema es claro: si quiero trabajar por la ciudad, lo primero: voy a hacerla mía.
No sé que quiere Pedrito Pereira de mi: ¿Acaso quiere coquetear comigo? ¿quiere que lo agregue a mis redes sociales? No. Pedrito Pereira solo quiere ser mi amigo, y está tan desesperado por mi amistad que me persigue. Lo veo en cada cuadra, en cada esquina, en cada espacio disponible. Pedrito no es el único solitario en esta ciudad. Hay toda una pandilla dedicada a rogar a todos los que puedan ver doble, triple, tetra veces que los acompañen. ¿A la casa de ellos? ¿A la nuestra? No lo sabemos. Estos hombrecitos y mujeres sin cuerpo no hablan. No hacen nada. Mirar hacia un futuro en desconcierto. Sonreír como si no tuvieran músculos. Los que sufren de miopía y no pueden ver bien, les costará entender sus verdaderos apellidos, todos dispuestos para el plural, pero igual de abstractos que la cantidad de personas que incluyen: pueblo, mi pueblo, nuestro pueblo, todos.
Lo que esta pandilla no sabe es que ya nosotros tenemos nuestros amigos callejeros. Todos los días saludamos a las paredes manchadas de las calles, a los modelos burlones de las vallas, a los cómicos anuncios de tiendas y establecimientos comerciales, a las rayas sin sentido que conforman a los grafittis. Los han asesinado a todos. Han asesinado a la ausencia, han asesinado al vacío. Los ahogaron con papel, con colores primarios, con mensajes trillados y aburridos. Los carteles han tenido hijos entre sí y se riegan. En el cielo, en el sucio piso, en las canecas públicas, en mis bolsillos, en mi ventana, en los carros. ¿Qué había antes allí? ¿Dónde los llevaran al final? ¿Acaso nunca se irán?
Hoy conocí a Pedrito Pereira, y junto a él, a una decena de candidatos. Su lema es claro: si quiero trabajar por la ciudad, lo primero: voy a hacerla mía.
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